Tazas que salvaron un taller familiar
Una cafetería del barrio encargó cincuenta tazas a una ceramista que pensaba cerrar. Las primeras entregas no salieron perfectas, pero la dueña acompañó el proceso, aceptó variaciones y pagó puntualmente. Con ese aire, el taller renovó su horno y sumó una aprendiz. Hoy, esas tazas circulan en manos distintas cada día, contando una misma certeza: cuando el riesgo se comparte, el oficio respira. Y el café, dicen quienes lo beben allí, sabe un poco más a hogar.